
Creció en un valle desolado, en un lugar temebroso en el que la superviviencia estaba destinada a un momento y nada más. Solía vagar por el mundo con nada más que una lanza en la mano y su mirada puesta en el horizonte en busca de esa cueva que pudiera acobijarlo durante las noches y en la cual pudiera prender esa fogata con la cuál no moriría de frio.
Un día de tantos, el ocaso dominó el cielo cuando una sombra llamó su atención, un cuerpo largo con dos cabezas se miraba en el suelo. Su primer instinto fué huir, pero su instinto de duda pudo más y lo olbigó a levantar la cabeza. Fué entonces que lo vió… un arbol. Se acercó a este arbol distinto, delgado, alto y con dos copas, lo vió detenidamente, era hermoso para sus ojos, y era lo suficientemente grande como para que sus brazos no lo pudieran abrazar.
Cayó la noche y no sabía donde dormir, así que simplemente se tiró a las faldas del arbol y decidió descansar. El amanecer volvió a llegar, la luz del sol en su rostro lo despertó. Descubrió que a pesar de haber sido una noche demasiado fría él había pasado calidamente su sueño, las hojas del arbol habían impedido que el frio pasar hasta su cupero fragilmente cubierto con un par de telas. A la par de su cabeza el arbol le había provisto amablemente el desayuno al dejar caer una de sus frutas, las ramas viejas le servían para hacer sus fogatas. Había encontrado lo más parecido a un hogar que él podía encontrar. Y en ese momento decidío que era momento para dejar de vagar, para asentarse en un lugar.
Pasó demasiado tiempo en ese arbol, incluso decidió hacer un par de dibujos en su tronco para que, si alguien más llegaba supiera que ese árbol era de él y solamente de él. Así pasaban los dias, las semanas, los meses, los años y sus sueños seguían siendo cálidos, su desayuno seguía amaneciendo a la par de su cabeza y podía seguir haciendo esa fogata que lo mantenía con vida. Un día se puso a pensar que, tal vez, sería más comodo dormir dentro del arbol que dormir a las faldas de este, así que tomó la decisión. Buscó piedras afiladas, las ató a una de las ramas que el mismo arbol había botado, y empezó a talar el arbol. Golpe a golpe pedazos de tronco salían volando por los aires mientras el arbol botaba su sabia en tal cantidad que parecía sangrar, las hojas caían una a una al mismo ritmo que los golpes de piedra tocaban el arbol tal como si fueran lágrimas derramadas por un bebe.
Terminó el último golpe, el arbol ha caido. Ya no bota sabia, ahora está seco. Pero la violencia no ha terminado, debe abrir un agujero dentro del tronco para poder descansar, y nuevamente empiezan los golpes de piedra. Astilla por astilla se va abriendo su nuevo hogar, logra formar un circulo perfecto dentro del tronco en el que ahora solo quedan la corteza y una pequeña capa de madera pues todo el centro se ha convertido en dormitorio. Las hojas ya no se mueven con el viento, la sabia ya no corre, las frutas verdes ya no madurarán… no se ha dado cuenta, pero acaba de matar su sustento, su hogar, su vida.
Y siguieron pasando las horas, los dias, las semanas y más años, él seguía feliz en su arbol caido en el que ahora se podía meter. Ya no había desayuno a la par de su cabeza pero no le molestaba, podía ir a cazar en cualquier momento pues todavía tenía su lanza. No le molestaba el frio pues ahora no habían hojas, pero tenía un techo de madera sobre su cabeza. No había tanta leña como antes para hacer su fogata, pues poco a poco solo quedaba el tronco en el que él dormia, pero no le importaba, pues podía dormir más códomo dentro del tronco que él había arreglado. El sol ya no lo despertaba pues ahora su cabeza estaba cubierta, así que dormía más. Se acomodó tanto a su nueva casa que no se dió cuenta que era un arbol muerto, que la vida se había ido a otra parte, que poco a poco ese tronco se pudría y dejaba de ser suyo para se propiedad de gusanos y animales que poco a poco se comían la madera podrida. Se acomodó tanto que no se daba cuenta que, por no salir de su arbol se perdía de todo un mundo, de todo un grupo de experiencias, de toda una tribu con la cuál podría ser más feliz.
Una mañana nuevamente la luz del sol en su rostro lo despertó. Se asustó, su tronco ya no existía, se había esfumado, había usado cada rama en la fogata y los gusanos habían terminado hasta con la última astilla de la corteza. Fué tan repentino que no se dió cuenta, por acomodarse se había quedado sin hogar, sin vida.
Fue entonces que se dió cuenta, fué entonces que comprendió, ese tronco no era su hogar, ese tronco no era nada más que algo bello en el paisaje. Comprendió su error al acomodarse en algo que él sabía que no debía ocupar. Comprendió su error al quitarle la vida a ese bello arbol que le daba de todo sin pedir nada a cambio, comprendió su error al tratar de obtener lo mejor para él.
Y así que volvió a vagar, y así continúa vagando y continuará vagando hasta que un día vea ese risco lleno de cavernas, esas cavernas en las que pueda entrar, dormir, vivir sin en miedo a perderlo todo de la noche a la mañana, caminará hasta que encuentre eso que lo haga sentirse seguro, hasta encontrar esa tribu con la que pueda platicar, hasta encontrar esa caverna en la que pueda evolucionar.